CHAU...ADIOS A LA LIBERTAD EN BLOG


ESTE ES MI NUEVO SITIO,(todavía en construcción),AL CUAL ME TRANSLADO, CUANDO BLOGGER APLIQUE CENSURA. GRACIAS.

MIENTRAS PUEDA SEGUIRE EN ESTE BLOG




viernes, 3 de febrero de 2012

Alerta! Soja transgénica!


Desde su aparición, los cultivos transgénicos han despertado pasiones, tanto entre sus detractores como entre sus defensores. Un informe recientemente publicado por el sitio ambientalista Ecoportal señala que los cultivos de soja transgénica en América Latina están causando estragos en el medio ambiente y en los ecosistemas.



Cultivo de soja = deforestación.

Las zonas cultivadas con soja tienden a padecer erosión más rápido que si se realizaran otros cultivos, más aún en aquellas áreas donde no se realizan rotaciones de cultivos largas. La pérdida de suelos alcanza las 16 toneladas por hectárea en el medio oeste de Estados Unidos, una tasa que podría llegar a entre 19 a 30 toneladas por hectárea en Brasil o la Argentina, en función del manejo, la pendiente del suelo o el clima.

La siembra directa puede reducir la pérdida de suelos, pero con la llegada de las sojas resistentes a los herbicidas, muchos agricultores se han expandido hacia zonas marginales altamente erosionables o son sembradas en forma recurrente año tras año, fomentando el monocultivo, señalan Altieri y Pengue en su artículo publicado en Ecoportal.

En el mismo artículo, ambos catedráticos afirman que la monocultura sojera en gran escala ha inutilizado los suelos amazónicos. Además, en lugares con suelos pobres, después de sólo dos años de agricultura, se necesitan aplicar intensamente fertilizantes y piedra caliza.

En Argentina, la intensificación de la producción sojera, ha llevado a una importante caída en el contenido de nutrientes del suelo. La producción continua de soja ha facilitado la extracción, sólo en el año 2003, de casi un millón de toneladas de nitrógeno y alrededor de 227 mil de fósforo. Sólo para reponer, en su equivalente de fertilizante comercial a estos dos nutrientes, se necesitarían unos 910 millones de dólares, dice un informe de Bulletin of Science, Technology and Society.

Entre los múltiples impactos de la expansión sojera, se destaca la reducción de la seguridad alimentaria de los países productores, al destinarse la tierra que previamente se utilizaba para la producción lechera, granos o fruticultura y que ahora se dedica a la soja de exportación.

Por otra parte, distintas investigaciones ecológicas sugieren que la reducción de la diversidad paisajística devenida por la expansión de los monocultivos a expensas de la vegetación natural, ha conducido a alteraciones en el balance de insectos plagas y enfermedades.

El resultado es un aumento en el uso de agroquímicos, los que por supuesto luego de un tiempo ya dejan de ser efectivos, debido a la aparición de resistencia o trastornos ecológicos típicos de la aplicación de pesticidas. Además, los agroquímicos conducen a mayores problemas de contaminación de suelos y polución de aguas, eliminación de la biodiversidad y envenenamiento humano.

¿Cura o enfermedad?.

Con la creación de cultivos transgénicos tolerantes a sus propios herbicidas, las compañías biotecnológicas pueden expandir sus mercados para sus propios agroquímicos patentados. En 1995, los analistas daban un valor de mercado para los cultivos tolerantes a herbicidas (en el caso de la soja principalmente al glifosato) de 75 millones de dólares que ascendieron a 805 millones en el año 2000 (610 % de aumento).

Globalmente, en 2002 las sojas resistentes al glifosato ocupaban 36.500.000 hectáreas, lo que la ubicaba en el primer lugar de los cultivos transgénicos en términos de área sembrada. El glifosato es más barato que los otros herbicidas, y a pesar de la reducción general en la utilización de estos, los resultados obtenidos indican que las compañías venden más herbicidas (especialmente glifosato) que antes. La utilización recurrente de herbicidas (glifosato, llamado Roundup Ready, como marca comercial de la transnacional Monsanto) sobre los cultivos tolerantes al mismo, pueden acarrear serios problemas ecológicos, afirman distintas investigaciones.

Desde hace ya un buen tiempo se conoce el hecho de que un único herbicida aplicado repetidamente sobre un mismo cultivo, puede incrementar fuertemente las posibilidades de aparición de malezas resistentes.

La resistencia a los herbicidas se convierte en un problema complejo, cuando el número de modos de acción herbicida a las cuales son expuestas las malezas se reducen más y más, una tendencia que las sojas transgénicas refuerzan en el marco de las presiones del mercado. De hecho, algunas especies de malezas pueden tolerar o "evitar" a ciertos herbicidas, como sucedió por ejemplo en Iowa donde las poblaciones de Amaranthus rudis presentaron atraso en su germinación y "escaparon" a las aplicaciones planificadas del glifosato.

También el mismo cultivo transgénico puede asumir el rol de maleza en el cultivo posterior. Por ejemplo, en Canadá, con las poblaciones espontáneas de canola resistentes a tres herbicidas (glifosato, imidazolinonas y glufosinato) se ha detectado un proceso de resistencia "múltiple", donde ahora los agricultores han tenido que recurrir nuevamente al 2,4 D para controlarla. En el nordeste de Argentina, las malezas no pueden ser ya controladas adecuadamente, por lo que los agricultores recurren nuevamente a otros herbicidas, que habían dejado de lado por su mayor toxicidad, costo y manejo.

Las compañías biotecnológicas argumentan que cuando los herbicidas son aplicados correctamente no producen efectos negativos ni sobre el hombre ni sobre el ambiente. Los cultivos transgénicos a gran escala, favorecen aplicaciones aéreas de herbicidas y muchos de sus residuos acumulados afectan a microorganismos como los hongos micorríticos o la fauna del suelo. Pero las compañías sostienen que el glifosato se degrada rápidamente en el suelo y no se acumula en los alimentos, agua o el propio suelo.

El glifosato ha sido denunciado como tóxico para algunos organismos del suelo - sea controladores benéficos como arañas, ácaros, carábidos y coccinélidos o detritívoros como las lombrices y algunas especies de la microfauna. Existen reportes que el glifosato también afecta a algunos seres acuáticos como los peces y que incluso actúa como disruptor endocrinológico en anfibios.



La soja transgénica en América Latina

Una maquinaria de hambre, deforestación y devastación socioecológica

Por Miguel A. Altieri y Walter A. Pengue


Por noveno año consecutivo la industria biotecnológica y sus aliados festejan una continua expansión de los cultivos transgénicos, que llegó a una tasa del 20%, superando incluso la de 2003 de 15%. El área global estimada de cultivos liberados comercialmente en 2004 fue de 81 millones de hectáreas, lo que se considera un triunfo ya que alcanzaron a 22 países y donde lo que destacan es que los cultivos transgénicos lograron las expectativas de millones de grandes y pequeños agricultores tanto en países industrializados como en aquellos en vías de desarrollo. También resaltan que los cultivos transgénicos han traído beneficios a los consumidores y a la sociedad en su conjunto, al brindar comidas mejor elaboradas, alimento y fibras que requieren menos agroquímicos y por tanto un ambiente más sustentable (James, 2004).

Es difícil imaginar de qué manera esta expansión de la industria biotecnológica está viniendo a resolver las necesidades de los pequeños agricultores o los consumidores, cuando el 60% del área global con plantas transgénicas (48,4 millones de hectáreas) está dedicada a la soja resistente a herbicidas (sojas Roundup Ready), un cultivo sembrado mayormente por agricultores de gran escala para exportación (y no de consumo local) y que, por otro lado, es utilizado en los países importadores para alimentación animal y producción cárnica que se consume principalmente por los sectores más pudientes y mejor alimentados de estos países.

En América Latina, los países productores de soja (transgénica y convencional) incluyen a Argentina, Brasil, Bolivia, Paraguay y Uruguay. Esta expansión de la soja está motorizada por los buenos precios internacionales, el apoyo de los gobiernos y el sector agroindustrial y la demanda de las naciones importadoras, especialmente China, convertida hoy en día en el mayor importador de la soja y sus derivados, un mercado que impulsa la rápida proliferación de la producción de esta oleaginosa.

La expansión del complejo sojero está acompañada por un aumento importante de la logística y el transporte, junto con grandes proyectos de infraestructura que conllevan a una cadena de eventos que destruyen los hábitats naturales de grandes áreas, además de la deforestación directamente causada por la expansión de tierras para el cultivo de soja. En Brasil, los beneficios de la soja justificaron la refacción, mejora o construcción de ocho hidrovías, tres líneas ferroviarias y una extensa red de carreteras que traen insumos agropecuarios y se llevan la producción agrícola.

El proceso atrajo a otras inversiones privadas para la forestación, minería, ganadería extensiva y otras prácticas con severos impactos sobre la biodiversidad, aún no contemplados por ningún estudio de impacto ambiental (Fearnside, 2001). En la Argentina, el cluster agroindustrial de transformación de la soja en aceites y pellets se concentra en la zona de Rosafé sobre el río Paraná, el área más grande de transformación sojera a escala planetaria, con toda la infraestructura asociada y los impactos ambientales que ello implica.

Para los años inmediatos, el sector agrícola argentino se ha planteado el objetivo de alcanzar los 100 millones de toneladas de granos, lo que requerirá del incremento del área sembrada con soja hasta 17 millones de hectáreas.

Expansión sojera y deforestación


El área de tierra dedicada a la producción sojera ha crecido a una tasa anual del 3,2%, y la soja ocupa actualmente una superficie más grande que todo otro cultivo en Brasil, con el 21% del total de la tierra cultivada. Desde 1995 el área sembrada aumentó en 2,3 millones de hectáreas, a un promedio de 320.000 hectáreas por año. Desde 1961, el incremento en superficie creció 57 veces y el volumen producido lo hizo 138 veces. La soja paraguaya, se sembró sobre más del 25% de toda la tierra agríc ola, y en la Argentina el promedio sembrado alcanzó en 2005 los quince millones de hectáreas con una producción de 38,3 millones de toneladas.

Esta expansión se produce de manera drástica afectando directamente a los bosques y otros hábitats relevantes. En Paraguay, una porción de la selva paranaense está siendo deforestada (Jasón, 2004). En Argentina, 118.000 hectáreas han sido desmontadas en cuatro años (1998/02) para la producción de soja en el Chaco, 160.000 en Salta y un récord de 223.000 en Santiago del Estero. La "pampeanización", el proceso de importación del modelo industrial de la agricultura pampeana sobre otras ecoregiones "que no son Pampa", como el Chaco, es el primer paso de un sendero expansivo que pone en riesgo la estabilidad social y ecológica de esta ecoregión tan lábil (Pengue, 2005 b). En el noreste de la provincia de Salta en 2002/03, el 51% de la soja sembrada (157.000 hectáreas) correspondía a lo que en 1988/89 eran todavía áreas naturales (Paruelo, Guerscham y Verón, 2005). En Brasil los Cerrados y las sabanas están sucumbiendo, víctimas del arado, a pasos agigantados.

Soja, expulsión de pequeños agricultores y pérdida de la seguridad alimentaria


Los promotores de la industria biotecnológica siempre citan a la expansión del área sembrada con soja como una forma de medir el éxito de la adopción tecnológica por parte de los agricultores. Pero estos datos esconden el hecho que la expansión sojera conlleva a extremar la demanda por tierras y a una concentración de los beneficios en pocas manos. En Brasil, el modelo sojero desplaza a once trabajadores rurales por cada uno que encuentra empleo en el sector. El dato no es novedoso, ya que desde los setenta 2,5 millones de personas fueron desplazadas por la producción sojera en el Estado de Paraná y 300.000 en Rio Grande do Sul. Muchos de estos sin tierra se movieron hacia el Amazonas donde deforestaron selvas tropicales presionados por fuerzas estructurales y el entorno. Por otro lado, en los Cerrados, donde la soja transgénica está expandiéndose, el índice de desplazamiento es más bajo porque el área no estaba ampliamente poblada previamente (Donald, 2004).

En Argentina, la situación es bastante dramática ya que mientras el área sembrada con soja se triplicó, prácticamente 60.000 establecimientos agropecuarios fueron desapareciendo sólo en Las Pampas. En 1988 había en toda la Argentina un total de 422.000 establecimientos que se redujeron a 318.000 en 2002 (un 24,6%). En una década el área productiva con soja se incrementó un 126% a expensas de la tierra que se dedicaba a lechería, maíz, trigo o a las producciones frutícola u hortícola.

Durante la campaña 2003/04, 13,7 millones de hectáreas fueron sembradas a expensas de 2,9 millones de hectáreas de maíz y 2,15 millones de hectáreas de girasol (Pengue, 2005).

A pesar que la industria biotecnológica resalta los importantes incrementos del área cultivada con soja y más que la duplicación de los rendimientos por hectárea, consideradas como un éxito económico y agronómico, para el país esa clase de aumentos implica más importación de alimentos básicos, además de la pérdida de la soberanía alimentaria, y para los pequeños agricultores familiares o para los consumidores esa clase de incrementos sólo implica un aumento en los precios de los alimentos y más hambre (Jordan, 2001).

La expansión de la soja en América Latina está también relacionada con la biopiratería y el poder de las multinacionales. La manera en que en el período 2002/04 se sembraron millones de hectáreas de soja transgénica en Brasil (mientras existía una moratoria en contrario) hace que nos preguntemos cómo las corporaciones se manejaron en esas instancias de prohibición para sin embargo alcanzar tal expansión de sus productos en las naciones en vía de desarrollo.

En los primeros años de la liberación comercial de la soja transgénica en Argentina, la compañía Monsanto no cobraba por el fee tecnológico a los agricultores para utilizar la tecnología transgénica en sus semillas. Hoy en día, que la soja transgénica y el glifosato se han instalado como insumos estratégicos para el país, los agricultores quedaron atrapados, ya que la multinacional está presionando al gobierno, haciendo reclamos por el pago de sus derechos de propiedad intelectual. Esto, a pesar del hecho que Argentina es signataria del convenio UPOV 78, que permite a los agricultores guardar semilla para uso propio en la campaña agrícola siguiente. Por otro lado, los agricultores paraguayos negociaron un acuerdo con Monsanto por el que pagarán a la multinacional 2 dólares americanos por tonelada. La tendencia en el control de las semillas que utilizan los agricultores está creciendo, a pesar que las compañías prometían a principios de los noventa no cobrar cargos por patentes a los agricultores, momento en que el cultivo transgénico se estaba expandiendo.

El cultivo de soja y la degradación de los suelos


El cultivo de soja tiende a erosionar los suelos, especialmente en aquellas situaciones donde no es parte de rotaciones largas. La pérdida de suelos alcanza las 16 toneladas por hectárea en el medio oeste de los Estados Unidos, un valor que podría llegar a valores entre 19 y 30 toneladas por hectárea en Brasil o la Argentina, en función del manejo, la pendiente del suelo o el clima. La siembra directa puede reducir la pérdida de suelos, pero con la llegada de las sojas resistentes a los herbicidas muchos agricultores se han expandido hacia zonas marginales altamente erosionables o son sembradas en forma recurrente año tras año, fomentando el monocultivo. Los agricultores creen erróneamente que con la siembra directa no habría erosión, pero los resultados de la investigación demuestran que a pesar del incremento de la cobertura del suelo, la erosión y los cambios negativos que afectan a la estructura de los suelos, pueden resultar sustanciales en tierras altamente erosionables si la cobertura del suelo por rastrojo es reducida. El rastrojo dejado por la soja es relativamente escaso y no puede cubrir correctamente el suelo si no existe una adecuada rotación entre cereales y oleaginosas.

La monocultura sojera en gran escala ha inutilizado los suelos amazónicos. En lugares con suelos pobres, después de sólo dos años de agricultura se necesitan aplicar intensamente fertilizantes y piedra caliza. En Bolivia, la producción sojera se expande hacia el este haciendo que ya muchas de esas áreas de producción estén compactadas o exhiban severos problemas de degradación de suelos. Cien mil hectáreas de suelos exhaustos por la soja fueron dejadas al ganado, que también bajo esta circunstancia es altamente degradante. A medida que abandonan los suelos, los agricultores buscan nuevas regiones donde otra vez volverán a plantar soja, repitiendo así el círculo vicioso de la degradación.

En Argentina, la intensificación de la producción sojera ha llevado a una importante caída en el contenido de nutrientes del suelo. La producción continua de soja ha facilitado la extracción, sólo en el año 2003, de casi un millón de toneladas de nitrógeno y alrededor de 227.000 de fósforo. Sólo para reponer a estos dos nutrientes, en su equivalente de fertilizante comercial, se necesitarían unos 910 millones de dólares (Pengue, 2005). Los incrementos de nitrógeno y fósforo en varias regiones ribereñas se encuentran ciertamente ligados a la creciente producción sojera en el marco de las cuencas de varios importantes ríos sudamericanos.

Un factor técnico importante en la expansión de la producción sojera brasileña se debió al desarrollo de combinaciones soja-bacteria con conocidas características simbióticas que le permitían la producción sin fertilizantes. Esta ventaja productiva de la soja brasileña puede rápidamente desaparecer a la luz de los reportes sobre los efectos directos del herbicida glifosato sobre la fijación bacteriana del nitrógeno (Rhizobium), que potencialmente obligaría a la soja a depender de la fertilización nitrogenada mineral. Asimismo, la práctica actual de convertir los pastizales hacia soja resulta en una reducción económica de la importancia del Rhizobium, haciendo nuevamente que se deba recurrir al nitrógeno sintético.

Monocultura sojera y vulnerabilidad ecológica

La investigación ecológica sugiere que la reducción de la diversidad paisajística devenida por la expansión de las monoculturas a expensas de la vegetación natural, ha conducido a alteraciones en el balance de insectos plagas y enfermedades. En estos paisajes, pobres en especies y genéticamente homogéneos, los insectos y patógenos encuentran las condiciones ideales para crecer sin controles naturales (Altieri y Nicholls, 2004). El resultado es un aumento en el uso de agroquímicos los que, por supuesto, luego de un tiempo ya dejan de ser efectivos, debido a la aparición de resistencia o trastornos ecológicos típicos de la aplicación de pesticidas. Además, los agroquímicos conducen a mayores problemas de contaminación de suelos y polución de aguas, eliminación de la biodiversidad y envenenamiento humano.

En la Amazonia brasileña las condiciones de alta humedad y temperaturas cálidas inducen al desarrollo de poblaciones y ataques fúngicos, con el consiguiente incremento en el consumo de fungicidas. En las regiones brasileñas dedicadas a la producción sojera se incrementaron los casos de cancrosis (Diaporthe phaseolorum) y del síndrome de la muerte súbita (Fusarium solani). La roya asiática de la soja (Phakopsora pachyrhizi) es una nueva enfermedad cuyos efectos se incrementan en Sudamérica, motorizados por las condiciones ambientales favorables (por ejemplo, humedad) sumados a la uniformidad genética de cultivos en monocultura. Nuevamente la roya comanda el incremento en las aplicaciones de fungicidas. Desde 1992 más de dos millones de hectáreas fueron afectadas por el nematodo del quiste de la soja (Heterodera glycines). Muchas de estas enfermedades pueden ligarse a la uniformidad genética y al aumento de la vulnerabilidad por la monocultura sojera, pero también a los efectos directos del herbicida glifosato sobre la ecología del suelo, a través de la depresión de las poblaciones micorríticas y la eliminación de antagonistas que mantienen a muchos patógenos del suelo bajo control (Altieri, 2004).

El 25% del total de agroquímicos consumidos en Brasil se aplican a la soja, la que recibió en 2002 alrededor de 50.000 toneladas de pesticidas. Mientras el área sojera se expande rápidamente también lo hacen los agroquímicos, cuyo consumo crece a una tasa del 22% anual. Mientras los promotores de la biotecnología argumentan que con una sola aplicación del herbicida es suficiente durante la temporada del cultivo, por otro lado comienzan a presentarse estudios que demuestran que con las sojas transgénicas se incrementan tanto el volumen como la cantidad de aplicaciones de glifosato. En Estados Unidos el consumo de glifosato pasó de 2,9 millones de kilos en 1995 a 19,0 millones en el año 2000, siendo actualmente aplicado sobre el 62% de las tierras destinadas a la producción de soja. En la campaña 2004/05 en Argentina las aplicaciones con glifosato alcanzaron los 160 millones de litros de producto comercial. Se espera un incremento aún mayor en el uso de este herbicida, a medida que las malezas comiencen a tornarse tolerantes al glifosato.

Los rendimientos de la soja transgénica en la región promedian los 2,3 a 2,6 toneladas por hectárea, alrededor de un 6% menos que algunas variedades convencionales, rendimiento sustancialmente más bajo en condiciones de sequía. Debido a los efectos pleiotrópicos las sojas transgénicas sufren pérdidas 25% superiores con respecto a sus pares convencionales (por ejemplo, quebraduras de tallos bajo stress hídrico).

En Río Grande do Sul durante la sequía del 2004/05 se perdió el 72% de la producción de soja transgénica, estimándose una caída del 95% en las exportaciones, con consecuencias económicas severas. Aproximadamente un tercio de los agricultores quedaron endeudados y no pueden hacer frente a sus obligaciones con el gobierno y las empresas.

Otras consideraciones ecológicas


Con la creación de cultivos transgénicos tolerantes a sus propios herbicidas las compañías biotecnológicas pueden expandir sus mercados para sus propios agroquímicos patentados. En 1995, los analistas daban un valor de mercado para los cultivos tolerantes a herbicidas de 75 millones de dólares, que ascendieron a 805 millones en el año 2000.

Globalmente, en 2002 las sojas resistentes al glifosato ocupaban 36.500.000 hectáreas, convirtiéndose en el cultivo transgénico número uno en términos de área sembrada (James, 2004). El glifosato es más barato que los otros herbicidas, y a pesar de la reducción general en su utilización los resultados obtenidos indican que las compañías venden más herbicidas (especialmente glifosato) que antes. La utilización recurrente del herbicida glifosato (llamado Roundup Ready, como marca comercial de Monsanto) sobre los cultivos tolerantes al mismo puede acarrear serios problemas ecológicos.

Se encuentra bien documentado el hecho que un único herbicida aplicado repetidamente sobre un mismo cultivo puede incrementar fuertemente las posibilidades de aparición de malezas resistentes. Se han reportado alrededor de 216 casos de resistencia en varias malezas a una o mas familias químicas de herbicidas (Rissler y Mellon, 1996).

A medida que aumenta la presión de la agroindustria para incrementar las ventas de herbicidas y se incrementa el área tratada con herbicidas de amplio espectro, los problemas de resistencia se exacerban. Mientras el área tratada con glifosato se expande, el incremento en la utilización de este herbicida puede resultar, aún lentamente, en la aparición de malezas resistentes. La situación ya ha sido documentada en poblaciones australianas de rye grass anual (Lolium multiflorum), Agropiro (Agropyrum repens), lotus de hoja ancha o trébol pata de pájaro (Lotus corniculatus), Cirsium arvense y Eleusine indica (Altieri, 2004). En Las Pampas de Argentina, ocho especies de malezas, entre ellas dos especies de Verbena y una de Ipomoea, ya presentan tolerancia al glifosato (Pengue, 2005).

La resistencia a los herbicidas se convierte en un problema complejo cuando el número de modos de acción del herbicida a los cuales son expuestas las malezas se reducen más y más, una tendencia que las sojas transgénicas refuerzan en el marco de las presiones del mercado. De hecho, algunas especies de malezas pueden tolerar o "evitar" a ciertos herbicidas, como sucedió por ejemplo en Iowa donde las poblaciones de Amaranthus rudis presentaron atraso en su germinación y "escaparon" a las aplicaciones planificadas del glifosato. También el mismo cultivo transgénico puede asumir el rol de maleza en el cultivo posterior. Por ejemplo en Canadá, con las poblaciones espontáneas de canola resistentes a tres herbicidas (glifosato, imidazolinonas y glufosinato), se ha detectado un proceso de resistencia "múltiple", donde ahora los agricultores han tenido que recurrir nuevamente al 2,4 D para controlarla. En el nordeste de Argentina las malezas no pueden ser ya controladas adecuadamente, por lo que los agricultores recurren nuevamente a otros herbicidas que habían dejado de lado por su mayor toxicidad, costo y manejo.

Las compañías biotecnológicas argumentan que cuando los herbicidas son aplicados correctamente no producen efectos negativos ni sobre el hombre ni sobre el ambiente. Los cultivos transgénicos a gran escala favorecen aplicaciones aéreas de herbicidas y muchos de sus residuos acumulados afectan a microorganismos como los hongos micorríticos o la fauna del suelo. Pero las compañías sostienen que el glifosato se degrada rápidamente en el suelo y no se acumula en los alimentos, agua o el propio suelo. El glifosato ha sido reportado como tóxico para algunos organismos del suelo, sean controladores benéficos como arañas, ácaros, carábidos y coccinélidos o detritívoros como las lombrices y algunas especies de la microfauna. Existen reportes que el glifosato también afecta a algunos seres acuáticos como los peces y que incluso actúa como disruptor endocrinológico en anfibios. El glifosato es un herbicida sistémico (se desplaza por el floema) y es conducido a todas las partes de la planta, incluidas aquellas que son cosechables. Esto es preocupante ya que se desconoce exactamente cuánto glifosato se presenta en los granos de maíz o soja transgénicos, ya que las pruebas convencionales no lo incluyen en sus análisis de residuos de agroquímicos. El hecho es, que es sabido que éste y otros herbicidas se acumulan en frutos y otros órganos dado que sufren escasa metabolización en la planta, lo que genera la pertinente pregunta acerca de la inocuidad de alimentos tratados, especialmente ahora que más de 37 millones de libras del herbicida son utilizadas solamente en los Estados Unidos (Risller y Mellon, 1996). Aún en el caso de ausencia de efectos inmediatos, puede tomar hasta cuarenta años a un carcinógeno potencial actuar en una suficiente cantidad de personas para ser detectado como un causal.

Por otro lado, las investigaciones han demostrado que el glifosato parece actuar de manera similar a los antibióticos en la alteración de la biología del suelo por un camino desconocido y produciendo efectos como:

- reducción de la habilidad de las sojas o el trébol para la fijación de nitrógeno;

- tornando a plantas de poroto (frijol) más vulnerables a las enfermedades; y

- reduciendo el desarrollo de hongos micorríticos, que son una puerta de acceso a la extracción de fósforo del suelo.

En evaluaciones de los efectos de cultivos resistentes a herbicidas recientemente realizadas en el Reino Unido, los investigadores demostraron que la reducción de biomasa en malezas, floración y semillas, dentro y alrededor de campos de remolacha y canola (o colza) resistentes a herbicidas, implicó cambios en la disponibilidad de recursos alimenticios para insectos, con efectos secundarios que resultaron en la reducción sustancial de varias especies de chinches, lepidópteros y coleópteros. Los datos dan cuenta también de una reducción de los coleópteros predadores que se alimentan de semillas de malezas en campos transgénicos. La abundancia de invertebrados que son fuente alimenticia de mamíferos, aves u otros invertebrados se demostró más baja en campos de remolacha o canola transgénica.

La ausencia de malezas en floración en campos transgénicos puede traer serias consecuencias sobre los insectos benéficos (predadores de plagas y parasitoides), que requieren polen y néctar para sobrevivir en el agroecosistema. La reducción de los enemigos naturales conduce inevitablemente a agravar los problemas de plagas insectiles.

Conclusiones


La expansión de la soja en América Latina representa una reciente y poderosa amenaza sobre la biodiversidad del Brasil, Argentina, Paraguay, Bolivia y Uruguay.

La soja transgénica es ambientalmente mucho más perjudicial que otros cultivos porque además de los efectos directos derivados de los métodos de producción, principalmente del copioso uso de herbicidas y la contaminación genética, requiere proyectos de infraestructura y transporte masivo (hidrovías, autopistas, ferrovías y puertos) que impactan sobre los ecosistemas y facilitan la apertura de enormes extensiones de territorios a prácticas económicas degradantes y actividades extractivistas.

La producción de sojas resistentes a los herbicidas conlleva también a problemas ambientales como la deforestación, la degradación de suelos, polución con severa concentración de tierras e ingresos, expulsión de la población rural a la frontera amazónica o áreas urbanas, fomentando la concentración de los pobres en las ciudades.

La expansión sojera distrae también fondos públicos que podrían haber sido destinados a la educación, la salud o la investigación de métodos agroecológicos alternativos de producción.

Entre los múltiples impactos de la expansión sojera se destaca la reducción de la seguridad alimentaria de los países productores al destinarse a su cultivo la tierra que previamente se utilizaba para la producción lechera, granos o fruticultura. Mientras estos países continúen impulsando modelos neoliberales de desarrollo y respondan a las señales de los mercados externos (especialmente China) y a la economía globalizada, la rápida proliferación de la soja seguirá creciendo y, por supuesto, lo harán también sus impactos ecológicos y sociales asociados.

Soja transgénica y crisis del modelo agroalimentario argentino


No cabe duda de que el sector agropecuario argentino ha tenido importantes transformaciones en las últimas décadas, y que la producción de granos, en particular de oleaginosas ha ido en aumento. Los datos censales apuntan a señalar estas tendencias: la soja se ha difundido en forma impresionante, la transgénica, en particular, a partir de mediados de la década de los noventa. Se trata del mismo período en el que aumenta significativamente el hambre y la pobreza en nuestro país. ¿Existe una relación causal entre ambas tendencias? Los defensores de la soja transgénica, la siembra directa y la utilización del glifosfato, se esfuerzan por negar dicha relación causal.
En este trabajo planteamos otro enfoque y otra perspectiva. Focalizamos el análisis sobre las transformaciones operadas en nuestro sistema agroalimentario en los últimos tiempos, y algunas de las consecuencias que tuvo la difusión masiva de la soja transgénica como parte de la implantación de un nuevo modelo agroalimentario.

La producción sojera se ha expandido a lo largo y a lo ancho del país a costa de tradicionales producciones agrícolo-ganaderas. Santa Fe, Córdoba y Buenos Aires ocupan los primeros lugares en el nuevo mapa de la soja. Pero otras zonas, como Bandera en Santiago del Estero, con una superficie agrícola de 200.000 hectáreas, lograron posicionarse en el mapa nacional y hoy Santiago del Estero es la cuarta provincia productora de soja (su superficie cultivada con oleaginosas en 1995/6 -antes de la adopción de la soja RR- alcanzaba 94.500 hectáreas. El nuevo censo nacional agropecuario (CNA) registra una implantación con oleaginosas, soja principalmente, de 315.000 hectáreas en aquella provincia). En la provincia de Catamarca se están produciendo dos cosechas de soja por año. Se estima que esta modalidad podría extenderse a toda la región del Noroeste bajo riego (Blackwell y Stefanoni, 2003).
De modo que este proceso no se limita a la región pampeana ya que se expande a todas las regiones agrícolas del país. Según Walter Pengue, experto en Mejoramiento Genético Vegetal de la UBA: "se están reemplazando otros cultivos y sistemas productivos, y si esto se pudiera cambiar al año siguiente no sería un problema, pero lo que está sucediendo es que se están levantando montes enteros, frutales, tambos, para la siembra de soja y se está eliminando la diversidad productiva" (citado por Backwell y Stefanoni, op. cit.). Los nuevos datos censales registran estas tendencias. En el período intercensal 2002/1988 la superficie destinada a las oleaginosas aumentó 60,4% en la región pampeana, 86,5% en el Noreste Argentino, NEA y 138,5% en el Noroeste Argentino, NOA. En estas últimas dos regiones, tal aumento de la superficie oleaginosa fue a costa de la superficie destinada a cultivos industriales, ya que ésta se redujo en el mismo período intercensal en 30 y 17% en el NEA y NOA, respectivamente.
El último censo también registra una reducción de 3,4% en la superficie total incorporada a las explotaciones agropecuarias en el período 1998/2002. No es de extrañar entonces que la expansión de la soja se haya realizado en detrimento de otras actividades agropecuarias: la batata y la caña en Tucumán, los tambos en Santa Fe y Córdoba, el algodón en Chaco, y frutales en la región pampeana. Cabe destacar, que también en nivel nacional descendió el hato ganadero, tanto de vacunos, como de ovinos y porcinos.
Según Pengue "productos básicos de la dieta argentina, como arvejas, lentejas, porotos (frijoles) o maíz amarillo empiezan a ser escasos, porque estamos entrando en un planteo de ser monoproductores y se está uniformando todo con la soja."(Backwell y Stefanoni, op. cit). Tales tendencias que afectan a la leche y a los frutales se refuerzan debido a la desaparición de muchos tambos y productores de frutas, por ejemplo, en el valle del Río Negro.

Estos ajustes también afectaron las transformaciones extraagropecuarias con incidencia sobre el sector: los procesos de concentración y centralización de capital influyeron sobre la agroindustria propiamente dicha, procesos equivalentes incidieron sobre la distribución final de los alimentos (el denominado supermercadismo), y un conjunto muy limitado de empresas fue adjudicándose la exclusividad de la provisión de semillas a los productores agropecuarios. Tales tendencias se produjeron juntamente con un fuerte proceso de extranjerización que se dio en estos sectores particularmente hacia fines de la década de los noventa. Junto con los consiguientes procesos de integración vertical que fueron intensificándose se modificaron significativamente las articulaciones en el interior de los complejos que integran el sistema agroalimentario en su conjunto9. Con la mayor integración vertical, creció la agricultura de contrato y otras formas de articulación "agroindustrial" adquiriendo mayor poder las grandes empresas extraagrarias en relación con los medianos y pequeños productores agropecuarios que tendieron a perder significativamente su autonomía de decisión (Teubal y Rodríguez, 2002).

Tal es el panorama en el que se debate el sector agropecuario, en particular los medianos y pequeños productores del sector sujetos más que en cualquier período anterior a los vaivenes de los precios de los mercados mundiales, con poca capacidad para acceder al crédito y con una serie de condicionamientos en su contra. Una de las manifestaciones de la crisis lo constituyó la expulsión masiva de productores agropecuarios del sector, tanto es así que el sector fue caracterizado recientemente como una "agricultura sin agricultores". El otro aspecto, tiene que ver con la creciente "especialización" de la producción agropecuaria, orientada cada vez más hacia la soja y el maíz transgénicos de exportación en detrimento de otros cultivos y producción ganadera de consumo popular. Existe el peligro, entonces, de que nos estemos transformando en una típica economía agrexportadora especializada en un solo cultivo, en detrimento de la producción de alimentos básicos de consumo popular masivo. ¿No será de que nos estamos transformando en una republiqueta sojera?

Reflexiones finales




Uno de los argumentos esgrimidos para impulsar el cultivo de la soja y de otros cultivos transgénicos en nuestro país, es que constituye presumiblemente un medio importante para paliar el hambre. Se trata del mismo argumento utilizado en el debate sobre los organismos genéticamente modificados en general. Los que se oponen a este tipo de argumento señalan las posibles consecuencias que tiene la utilización de OGM sobre la biodiversidad, el medio ambiente, la salud y la alimentación. Pero también está la pléyade de argumentos socioeconómicos que giran en torno de esta problemática, algunas de las cuales presentamos en este trabajo.
La pregunta entonces que surge en nuestro medio podría formularse del siguiente modo: ¿en qué medida el hambre y la pobreza que se manifiesta en el país tiene que ver con la difusión masiva que ha tenido la soja transgénica y con el modelo agroalimentario del cual forma parte?
No cabe duda de que el sector agropecuario argentino ha tenido importantes transformaciones en las últimas décadas, y que la producción de granos, en particular de oleaginosas ha ido en aumento. Los datos censales apuntan a señalar estas tendencias: la soja se ha difundido en forma impresionante, la transgénica, en particular, a partir de mediados de la década de los noventa. Se trata del mismo período en el que aumenta significativamente el hambre y la pobreza en nuestro país. ¿Existe una relación causal entre ambas tendencias? Los defensores de la soja transgénica, la siembra directa y la utilización del glifosfato, se esfuerzan por negar dicha relación causal. Por ejemplo, la Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa, AAPRESID se esforzó por criticar un documento presentado por Greenpeace Argentina a la Cumbre Mundial sobre la Alimentación que se realizó en la sede de FAO en Roma en el 2002 y que fue titulado: Cosecha record, hambre récord. AAPRESID en un documento niega toda relación causal entre ambos factores. "La crisis argentina no necesita demasiadas explicaciones, es resultado del desacierto político en la conducción del estado en los últimos años lo que ha llevado al país a una desocupación récord y pérdida fenomenal del poder adquisitivo de los salarios que han caído el 30%. En este contexto una población mayoritariamente urbana, sin poder adquisitivo, sin empleo, ha visto deteriorado su capacidad para adquirir alimentos, lo que como lógica consecuencia se acompaña de hambre y desnutrición. Esto ocurre a pesar del aumento de la productividad agropecuaria, y no como consecuencia de ello. Es más, mayor producción significa más alimentos, más exportaciones, más divisas para el país e impuestos via retenciones, que teóricamente van dirigidos a la ayuda social (énfasis nuestro).
Por cierto, según esta perspectiva las razones de la existencia del hambre quedan en gran medida en la nebulosa ("desacierto político en la conducción del estado".
En este trabajo planteamos otro enfoque y otra perspectiva. Focalizamos el análisis sobre las transformaciones operadas en nuestro sistema agroalimentario en los últimos tiempos, y algunas de las consecuencias que tuvo la difusión masiva de la soja transgénica como parte de la implantación de un nuevo modelo agroalimentario.
Los datos censales recientemente dados a conocer -todavía muy parciales- destacan varias tendencias importantes que sí tienen que ver con el debate en cuestión y que nos concierne: a) la expansión fenomenal que ha tenido la soja en nuestro país, y desde 1996 la transgénica; b) la desaparición de una multiplicidad de explotaciones agropecuarias en todo el país y particularmente en la región pampeana, aunque también en provincias como Tucumán, Mendoza y Neuquén; y c) la sustitución de la soja por otros cultivos, los cultivos industriales en el interior, y otras producciones agrícola-ganaderas a lo largo y ancho del país.
Estas tres tendencias están relacionadas entre sí. La reducción sustancial de las explotaciones agropecuarias - concentrada mayoritariamente entre medianos y pequeños productores, ya que el tamaño promedio de la explotación agropecuaria aumenta un 28%- se relaciona, en particular, en la región pampeana, con la expansión fenomenal de la soja transgénica. Asimismo, los productores "sobrevivientes", en particular los medianos y pequeños, se enfrentan con una serie de factores que inciden sobre la pérdida de su autonomía: la necesidad de comprar año tras año la semilla transgénica, así como también los agroquímicos correspondientes que la acompañan a las mismas empresas trasnacionales. La pérdida de la posibilidad de desarrollar opciones posibles, por falta de rentabilidad u otros factores -por ejemplo, la falta de semilla de soja que no sea la transgénica- aparece como otra de las consecuencias más importantes a considerar. El deterioro del suelo al tener que utilizar un agrotóxico de amplio espectro tal como el glifosfato y a la falta de producción de los rastrojos correspondientes es un elemento ambiental adicional a tener en consideración16.
La otra tendencia que nos muestra el censo y que corrobora una serie de estudios parciales anteriores, lo denota la reducción de la producción de los tradicionales alimentos básicos de consumo popular en nuestro medio. La especialización de la soja crece y con ella la pérdida de la diversidad alimentaria, tan importante para proveer una adecuada alimentación variada y nutritiva a la población en su conjunto.
La desaparición de una multiplicidad de explotaciones agropecuarias incide sobre el aumento de la desocupación. Se complementa con la desocupación estructural generada por la concentración y reestructuración en la industria alimentaria, y en la distribución final de alimentos (supermercadismo). Todos estos factores inciden sobre la desocupación, sobre los salarios reales y, por ende, sobre el acceso a una alimentación digna.
Pero también la evolución del modelo agroalimentario incidió sobre los precios y la calidad de los alimentos de consumo popular masivo. A lo largo de la década de los noventa aumentaron los precios de los alimentos más que el nivel general de precios. Esto se vió también en el último año de crisis cuando el precio de la leche y otros alimentos básicos aumentaron más del doble del nivel general de precios. No puede negarse de que sea éste un factor que incide sobre la capacidad de la población de acceder a una alimentación digna. Algunos alimentos básicos, tales como la leche, escasean. En efecto, los procesos de concentración, y la orientación exportadora de muchos de estos productos, inciden significativamente sobre sus precios internos (véase Teubal y Rodríguez, 2002).
¿Puede la soja suplir esa falta de alimentos básicos que en forma creciente se va manifestando en el país? Creemos que no. Porque no tiene las cualidades nutricionales necesarias como para ejercer esa función. La "leche" de soja, no es leche, ni la soja es un producto que puede proveer de una nutrición adecuada a la población. Por más que se haya difundido un nuevo programa denominado de la "soja solidaria", por más que se impulse su consumo entre la población y ahora aparezca como un paliativo para el hambre, por su propia naturaleza no puede resolver el problema del hambre, ni en nuestro país ni en el mundo17.
Según un documento del Foro de la Tierra y la Alimentación que cita expresiones del Foro de Nutricionistas (Foro para un Plan de Alimentación y Nutrición, con el auspicio de UNICEF) presentadas en julio de 2002: "En cuanto al uso de la soja, se recomienda puntualizar cuál es su valor nutricional, su uso adecuado como complementación en el marco de la alimentación variada y completa, y la recomendación de no denominar a la bebida obtenida de la soja (jugo) como "leche" (leche de soja), pues no la sustituye de ninguna manera... es deficitaria en muchos nutrientes, y por su alto contenido de fitatos interfiere en la absorción del hierro y del zinc; tampoco es una buena fuente de calcio... La utilización de soja debe contemplar el impacto ambiental y social, los requerimientos de capacitación para su adecuada utilización y la dificultad para su incorporación en el contexto de la cultura alimentaria (así como también)... las consideraciones nutricionales que desaconsejan el uso en niños menores de 5 años y especialmente en menores de 2 años". Frente a las propuestas "solidarias" de llevar el monocultivo de la producción al "monoconsumo" en la alimentación existen opciones que hacen hincapié en la diversidad nutricional y cultural que ha caracterizado tradicionalmente a la Argentina." (Foro de la Tierra y la Alimentación, 2003)18
Como conclusión, las tendencias que planteamos aquí seguramente incidan sobre los precios de los alimentos básicos y, por ende, sobre los ingresos y salarios reales de la población. Conjuntamente con la desocupación poseen una incidencia significativa sobre el acceso a la alimentación, el hambre y la pobreza. En definitiva el modelo agroalimentario implantado en el país pudo haber contribuído significativamente al hambre y la miseria que se manifiesta en nuestro medio
Señalamos en este trabajo que nuestro país históricamente producía una diversidad de productos y era considerado uno de los graneros del mundo. Ahora, tras las transformaciones de estas décadas, y en particular, con la aparición de la soja transgénica, aparentemente nos estamos transformando rápidamente en una republiqueta sojera, con todas las connotaciones que tal denominación pudiera significar.

Alerta! Soja transgénica


La soja transgénica es, por definición, agroquímico-dependiente. No se sostiene su desarrollo sin cantidades cada vez mayores de venenos herbicidas e insecticidas, provocando el primero de los problemas que preocupan: sus efectos sobre el medio ambiente.

Desde el año 1995, aproximadamente, hace su aparición la soja transgénica, provocando una verdadera explosión en el área sembrada con esta oleaginosa. A partir de allí se suceden problemas para el medio ambiente, alteraciones de la salud, especialmente en lo reproductivo, y un panorama futuro verdaderamente preocupante para los agricultores.
En 1995 hace su aparición un producto de revolucionaria concepción que venía a resolver la penuria habitual de los productores agrarios, acosados por los bajos rindes y los altos costos, se trataba de una variedad de soja denominada transgénica. Esta propiedad, su transgenicidad, lograda a través de la inclusión, por ingeniería genética, de un gen derivado de la caléndula, la hace resistente al glifosato, un herbicida de alta potencia que suprime todas las malezas que compiten por los nutrientes del suelo.

Desde entonces empieza generarse un monstruo de tremenda perversión y de muy difícil manejo.
La soja transgénica es, por definición, agroquímico-dependiente. No se sostiene su desarrollo sin cantidades cada vez mayores de venenos herbicidas e insecticidas, provocando el primero de los problemas que preocupan: sus efectos sobre el medio ambiente. Cuando se fumiga un cultivo no es únicamente este cultivo el afectado. Los campos linderos son alcanzados por la deriva, los cursos de agua son afectados por la filtración o la acción directa del veneno, asesinando la fauna acuática.

La soja transgénica tiene un efecto determinante sobre la economía particular del agricultor, pero también sobre la nacional. Este hombre cuyo trabajo ha sido sinónimo de sufrimiento, de dependencia de los precios de insumos relacionados con monedas extranjeras y de producción pegada a una moneda siempre débil y oscilante, ha encontrado en el espejismo de la soja la aparente solución a sus penurias. Además la novedad del silo bolsa o silo chorizo le permite mantener la producción en su campo, a la espera de mejores precios, y no entregarla al acopiador en el momento de la cosecha, que es por siempre cuando menos vale. Sin embargo, nadie advierte a este productor que su soja transgénica es ya casi maldita en Europa, en China, en Africa, en Medio Oriente; nadie quiere acallar el hambre con un producto que no es para consumo del pueblo.

Las enfermedades que los venenos agroquímicos producen van a pesar sobre una ecuación económica del país cuando haya que atender la dañada salud de los afectados, que seguramente recaerán sobre el ya debilitado sector público. Y ante esta sumatoria de aumento del gasto en salud más la imposibilidad de seguir vendiendo un producto que nadie quiere comprar, nos vamos a encontrar con la dificultad de producir una alternativa posible en un suelo desgastado por el Glifosato.

Finalmente, y quizá en forma primordial, la salud de nuestra gente se va a ver perjudicada. Por la constante exposición a productos que matan hierbas, insectos, peces... ¿cómo va a continuar esta lista?

Por la terrible acción de los delincuentes hormonales que endosulfan introduce en nuestros organismos simulando ser sustancias naturales, incapacitando a nuestra gente para la concepción.

Y peor aún por los efectos del consumo del poroto de soja transgénica como si fuera un alimento en lugar de ser un inhibidor de la absorción de hierro que le vamos a dar a niños anémicos provocando un déficit evolutivo intelectual irreversible y una dosis de símil hormona femenina que administrada por debajo de los dos años va a provocar un desbalance sumamente peligroso en esa edad.

Salud seriamente perjudicada, economía destruida, medio ambiente severamente dañado es la trilogía que, como herencia a las futuras generaciones va a producir la soja transgénica.

El desierto verde


La soja se constituyó en el primer producto de exportación de Argentina y las plantaciones de esta leguminosa se expanden cada año a expensas de la ganadería y otros cultivos tradicionales como maíz, trigo, algodón, papa o lentejas.

”El campo argentino se transformó en un desierto verde”, señaló a IPS un preocupado cultivador ante el avance de esta leguminosa.

La Secretaría de Agricultura destaca los resultados de la cosecha de este año por haber llegado a los 36 millones de toneladas de soja, 98 por ciento de las cuales se exporta con destino a la elaboración de harina para consumo humano en países asiáticos y para alimento de animales en Europa.

Sin embargo, ambientalistas, técnicos y numerosos productores advierten que el enorme desarrollo del cultivo de soja, gracias a la biotecnología y a la siembra directa, va en desmedro de la diversidad productiva, provoca a largo plazo un deterioro del suelo y, paradójicamente, contribuye a la baja del precio.

Los valores de la soja en los mercados internacionales pasaron de 307 dólares por tonelada a mediados de los años 90, cuando se introdujo la variedad transgénica en Estados Unidos, a fluctuar ahora en torno a 200 dólares y sin perspectiva de repunte por el exceso de oferta.

”Noventa y cinco por ciento de nuestros socios se volcaron al cultivo de soja”, informó a IPS José Luis Lemos, coordinador de la sede en Buenos Aires de la Federación Agraria Argentina, una organización que pasó de reunir a 400.000 pequeños y medianos productores a inicios de los años 90 a 103.000 en la actualidad.

Un ejemplo de la invasión de la soja es el caso de la nororiental provincia de Chaco, tradicional productora de algodón.

En el pasado ”teníamos dos millones de hectáreas de (plantaciones de) algodón en el Chaco, con unas 150.000 personas empleadas en su cultivo, pero ahora, con la soja, quedan 100.000 hectáreas y vamos a tener que importar”, advirtió el productor.

”Con la difusión de la semilla transgénica y la técnica de siembra directa, producir soja es más redituable y simple que otras actividades del campo, aunque sabemos que el monocultivo a largo plazo afecta la calidad del suelo”, admitió Lemos.

Tradicionalmente, el productor hacía rotar diferentes cultivos en los suelos, o dejaba un sector para el pastoreo de ganado, de manera que la tierra descansara y recibiera el abono animal como principal fertilizante.

La siembra directa evita las tareas de labranza, lo cual permite acelerar el ritmo de producción. Esta técnica consiste en mantener siempre una cubierta vegetal sobre los suelos, por ejemplo con rastrojos de la siembra anterior, que actúa como abono natural y protege de la erosión y los cambios de temperatura.

Es utilizada tanto en la agricultura tradicional como en la orgánica. Pero en Argentina su aplicación masiva está asociada al modelo productivo intensivo de la soja transgénica, que es a su vez mucho más rendidora.

La variedad transgénica RR (Roundup Ready) fue desarrollada por la compañía Monsanto para resistir el uso intensivo del herbicida Roundup (basado en glifosato), fabricado por la misma empresa, que termina con todas las malezas que crecen junto a la planta.

Su utilización permitió eludir el combate específico de cada plaga, a expensas de una extrema dependencia de la empresa que vende semillas y herbicida.
”El productor es consciente de que la soja lo hace dependiente, que deteriora el suelo y que afecta la diversidad, pero 'la necesidad tiene cara de hereje'”, sintetizó Lemos, dueño de un predio de 100 hectáreas en la oriental localidad de Mercedes, provincia de Buenos Aires, que también destinó al cultivo de soja.

En diálogo con IPS, el economista Miguel Pereti explicó que en el sur de la central provincia de Córdoba la superficie sembrada con soja creció 118 por ciento en los últimos 10 años, a expensas del maíz, el sorgo y la ganadería.
”Ha sido una transformación muy grande y negativa desde el punto de vista de la sustentabilidad ambiental y social”, dijo.

En una década, la superficie ganadera se redujo 35 por ciento en esa zona, en particular en el ganado porcino, que pasó de 470.000 a 152.000 cabezas, según Pereti, coordinador del área de economía y estadística del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria en el distrito cordobés de Marcos Juárez.

La soja ”nació” como cultivo en Argentina hace apenas 30 años en el centro de la pampa húmeda: el norte de la provincia de Buenos Aires, el sur de Santa Fe y el sudoeste de Córdoba. En la década de 1990 más de la mitad de las tierras de esa área estaban plantadas con soja.

A su juicio, la expansión se vio facilitada por las nuevas tecnologías que permiten al productor obtener mejores rendimientos con la misma cantidad de hectáreas y mano de obra. ”Sembrar soja transgénica es más barato que cualquier otro cultivo”, aseguró.

Este factor importa más que la variable de precios a la hora de optar por este cultivo.

”Paradójicamente, el área sembrada crece a medida que cae el precio internacional de la soja, una crisis que comenzó en los (años) 90 en el sudeste asiático (y que) se va resolviendo así con una mayor expansión del cultivo”, advirtió Pereti.

Los ambientalistas aseguran que la deforestación en Chaco y Santiago del Estero y la escasa permeabilidad de los suelos sometidos a la producción intensiva de soja contribuyeron a aumentar el caudal de ese río.

”Siembra soja y cosecharás inundados”, sintetizó Capatto.

Más críticos aún, los integrantes del Grupo de Reflexión Rural (productores, técnicos y activistas) opinan que la siembra directa, la soja transgénica y los herbicidas están haciendo de Argentina un país ”agrícola pero sin agricultores”, pues más de 500 aldeas han sido abandonadas por sus habitantes.

”Las transnacionales de las semillas --Cargill, Nidera, Monsanto-- nos convirtieron en un país productor de soja transgénica y exportador de forrajes”, dijo a IPS Jorge Rulli, del Grupo de Reflexión Rural.
”En paralelo, advertimos enormes carencias alimentarias en la población”, señaló.

”Cerca de 12 millones de hectáreas de soja transgénica --en un total de 26 millones de hectáreas con otros cultivos--, regados con más de 100 millones de litros anuales de herbicida producen enormes cantidades de suelo carente de toda vida microbiana que no retienen el agua”, alertó Rulli.

Asimismo, señaló que en los últimos seis años desaparecieron 17.000 granjas lecheras de la provincia de Buenos Aires. ”Estamos importando leche de Uruguay”, remarcó, y también se extinguió casi el cultivo de la variedad de trigo candeal y mermó la producción de maíz.

En la bonaerense localidad de San Pedro, se sembraban hasta hace pocos años unas 6.000 hectáreas de batatas y se hacían dos cosechas anuales de papas. Ahora esa misma tierra produce sólo soja. Lo mismo se repite con pequeñas cosechas de lentejas, zanahorias, alcauciles o arvejas, alimentos que actualmente se importan.

Para la Secretaría de Agricultura, esta transformación del campo no debe alarmar pues responde a la mejor rentabilidad que ofrece la soja con bajo riesgo para el cultivador.






DATOS IMPORTANTES:


- Actualmente, 80 por ciento de las tierras aptas para agricultura tienen soja, y cuando comenzó a advertirse que la zona se saturaba se inició la expansión de la frontera hacia otras áreas de las provincias involucradas y a nuevas provincias como (las nororientales) Santiago del Estero, Chaco, Formosa y Entre Ríos.

- La superficie de la soja argentina del ciclo 2008/09, cuya siembra acaba de iniciarse, llegaría al récord de 18,2 millones de hectáreas, gracias al área ganada a otros cultivos y a la ganadería, dijo el viernes la Bolsa de Cereales de Buenos Aires.

- Solamente tres países (Estados Unidos, Canadá y Argentina) tienen el 98% del área cultivada con transgénicos en el mundo. Básicamente se han plantado cuatro cultivos, todos de exportación: soya, maíz, algodón y colza-canola. El 74% del total mundial fue plantado con cultivos modificados con una sola característica: la tolerancia a herbicidas patentados por las mismas empresas que venden las semillas.

- La soja que se cultiva en Argentina no es apta para consumo humano según la OMS.

- Solo 5 países del mundo permiten el cultivo de este tipo de soja agran escala.

- El consumo de soja está prohibido por los médicos para los menores de 2 años, y restringido para los menores de 5 años.

- El consumo de soja produce alteraciones hormonales, renales, y en muchos casos, llega a ser cancerígena.

- El glifosato, que es el pesticida que se usa para el tratamiento de la soja, es altamente cancerígeno, y produce malformaciones congénitas.

- En Argentina se tiran al suelo (y por lo tanto al agua y al aire) 120 millones de toneladas de glifosato al año.

- En Entre Rios, desde 1998, que empezó el cultivo de soja, se triplicaron los casos de cáncer.

- En Santiago del Estero ya hay miles de hectáreas desertificadas por el cultivo.


Fuentes:


http://www.gloobal.net/iepala/gloobal/fichas/ficha.php?entidad=Textos&id=1519

http://www.grain.org/biodiversidad/?id=307


http://www.iade.org.ar/modules/noticias/article.php?storyid=779